Aceptar

Aceptar algo no es lo mismo que estar de acuerdo con algo. Aceptar no es nada parecido a la resignación. Cuando aceptamos nos atrevemos a abrir los ojos a la realidad. Cuando aceptamos saltamos en inmenso obstáculo que representa la NEGACIÓN. Cuando aceptamos no decimos que vamos a dejar que las cosas continúen de la misma manera que hasta ese momento. Simple y valientemente nos decidimos a abrir los los ojos y mirar. Nos comprometemos con lo que sucede, independientemente de lo feo, triste, oscuro, o dañino que esto sea.
Aceptar, por sí mismo no siempre nos quita el dolor instantáneamente o nos brinda una sensación de paz y tranquilidad. Sin embargo la aceptación nos saca de estados negativos de estupor, dolor, parálisis, miedo o bronca inicial. Aceptar entonces nos coloca en posición de dirigir nuestra energía hacia la consecución de un posible mejor escenario.
Analicemos un ejemplo cotidiano. Si estamos por salir a la calle y en el preciso momento en que agarramos el picaporte nos damos cuenta que empezó a llover, podemos aceptarlo o podemos negarlo. Si elegimos la segunda opción, probablemente saldríamos a la calle con la misma ropa que elegimos antes de tener en cuenta la lluvia. Seguramente desdeñaríamos el uno del paraguas o del piloto.
En esa circunstancia, lo único que conseguiríamos es mojarnos, mas de la cuenta, arruinar una buena ropa, un par de zapatos que nos guste mucho. Podríamos enfermarnos. También llegaríamos a nuestro destino con un aspecto poco recomendable. Seguramente que todo esto no haría más que aumentar nuestra frustración, nuestro enojo. Estaríamos sumando mas consecuencias a la situación inicial. Conflicto sobre otro conflicto. O como se dice cotidianamente, estaríamos echando “nafta al fuego”.
Si aceptamos, en cambio, podemos decidir, en caso de ser posible no salir a la calle y si lo hacemos tomar las precauciones del caso. Y nos pondríamos ropa más acorde con el estado del clima, avisaríamos que tal vez lleguemos algo atrasados porque el tránsito estará pesado. Tomaríamos el subterráneo en lugar del colectivo para mojarnos menos y nos pondríamos zapatos con suela de goma para no resbalarnos.
Una tercera opción aparece como posibilidad. La inacción. Es decir, podemos hacer lo que teníamos pensado pero como estamos enojados, frustrados o tristes decidimos no hacer nada. Parálisis absoluta. Y nos quedamos adentro, mascando bronca caprichosamente. De más está decir que esta opción además nos expone a la frustración posterior. A perdernos lo que podría haber sido un momento de placer, una buena comida, una película interesante, una compañía deseada o la satisfacción de una responsabilidad cumplida. Obviamente que eso aumentará el enojo y la sensación de frustración. Aumentará el malestar de manera desproporcionada.
Aceptar nos impele ineluctablemente a ACCIONAR. En el caso el ejemplo ya vimos como. Tomando recaudos y no dejando que una circunstancia tome el control de nuestras decisiones o nuestros deseos. Probablemente sean inevitables algunas baldosas flojas o algún toldo devenido en catarata furiosa. Pero Aceptar nos da la posibilidad de minimizar hasta lo posible las consecuencias de situaciones ajenas a nosotros. Aceptar es una elección superadora.
Sea cual fuere la situación que nos obstaculiza, la aceptación actúa como el primer paso de una serie de acciones tendientes a resolver aquello que nos perturba de la mejor manera posible.
Si acepto, entiendo. Si entiendo no me asusto. Si no me asusto no me paralizo. Si no me paralizo actúo. Si actúo, multiplico exponencialmente las posibilidades de resolver situaciones que alteran mi existencia.
Podemos dedicarnos más a “lo que pasa” que a “como nos pasa”
Por último, esta Aceptación también nos posibilita ser más considerados con lo que sucede. Con las personas con las que estamos en conexión y con los momentos que nos tocan vivir. Nos saca de la mirada “ombligo” para hacer que levantemos la cabeza y demos un vistazo general para ver que es lo que pasa, además de los que nos pasa.
Aceptar, decíamos a principio, no es convalidar. No es resignar. No es acordar. No es bajar ninguna bandera ni perder ningún grado de independencia personal.
Aceptar es en definitiva, el primer paso necesario de una cadena de acciones que nos permitirá buscar la mejor manera de resolver situaciones que merecen nuestra atención, para estar mejor para nosotros y para los demás.
DIXI

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