Materias Pendientes (Relato)

Estás concentrada en alguna de tus obligaciones habituales. Es un día como cualquier otro. Todo parece estar en orden, en la más perfecta armonía. Los mismos sonidos de siempre; la radio en el mismo programa de la mañana, los chicos arrastrando las sillas y el perro jugando con la alfombra de de entrada. Nada nuevo bajo el sol.

Hasta que alguno de tus sentidos se desata el nudo de lo cotidiano para percibir por sobre cualquier otro, el estímulo que te dispara hacia un lugar diferente, un tiempo distinto.

Puede ser un perfume que dejado atrás por un transeúnte casual encuentra la manera de escabullirse dentro del living a través de la ventana abierta; o la voz parecida a la de aquel que en algún momento lo fue todo o casi todo y que quien sabe por qué lejana y extraña razón hoy ya no forma parte de tu vida de todos los dias, y solo se despereza en vos de vez en cuando.

A menudo te ocurre que abrís un cajón del armario que hace rato no visitás y te salta al cuello una catarata de recuerdos. Sostenés en tus manos esas zapatillas de baile pequeñas y algo raídas, o el tutú ajado y con olor a naftalina. Sentís que esos recuerdos se transforman en manos que aprietan la garganta hasta dejarte sin aire.

Con los ojos cerrados pero el corazón abierto, sin darte cuenta estás de regreso a aquellos dias en que tu sueño por bailar en el Colón te empujaba cada mañana a tomar el colectivo, el tren y finalmente el subterráneo, correr escaleras arriba con el pelo firmemente apretado en un rodete que ya era una parte más de tu cuerpo.

Cuando pasabas por la puerta, apurada y preocupada por no llegar tarde, tus pensamientos iban siempre en una misma dirección. Te imaginabas toda esa gente aplaudiendo, y vos cansada pero emocionada tirando besos a la platea, abrazada a un enorme ramo de flores para no caerte, con la mirada clavada en los ojos de tu madre que, emocionada apenas si puede aguantar las lágrimas, radiante la cara con una mezcla de emoción, orgullo y prueba superada.

Otras veces es una imágen la que te sorprende. En la televisión alguien agradece un premio por algún libro escrito, o una canción ganadora, o un campeonato ganado con esfuerzo, y suspirás, mirando a tus hijos que no entienden porqué te callás de golpe con la mirada perdida y abandonás el hasta ese momento divertido juego de la Oca.

Te quedás con la mirada colgada del techo pensando en esa profesora de baile que te hacía llorar de bronca, pero que te daba unas palmaditas en la cabeza cuando hacías bien las cosas y eso te alcanzaba para sentirte Isadora Duncan.

Ellos, mientras se pelean por la azucarera, no tienen idea de las veces que en la ducha, cantaste en voz baja para no llamar la atención,  sintiéndote una mega estrella, para secarte rápido y abrir ese amarillento cuaderno con las letras de las canciones que la profesora de canto llenó de anotaciones y consejos.

Cuantas veces te prometiste, que el lunes, como se hace con las dietas, ibas a ir a la facultad a averiguar por lo cursos a distancia, o los horarios posibles entre la escuela de uno y el jardín del otro.

Los talleres de ikebana, bonsai, karate, telar o tarjetas españolas. Apenas si te alcanza el tiempo para la clase de aeróbics que no disfrutás, porque tenés que salir corriendo a preparar el almuerzo o la cena, porque él, aceptó a duras penas ese “ capricho “ pero sabés que está agazapado esperando el momento para reprocharte.

Ni siquiera te atrevés a comparar, por las dudas.

¿ Y si me hubiese atrevido ?.

Espantás la duda mirando a tu alrededor, la casa limpia, el jardín cuidado, la ropa impecable y el perro entrenado.

No sabés porqué, pero los domingos te acordás de aquel, que entre bromas y besos fugitivos, te ofrecía la locura de un amor intenso, sin medida, pero también sin seguro.

Revolvés la taza de café con leche con la mirada perdida en las tostadas, repartís jugo de naranja y acomodás la servilleta, conociendo de memoria esa cara que a pocos centímetros busca refugio en las noticias del diario.

Así estás, con un nudo en la garganta. Una opresión en el pecho que te quita el aire; la sensación de estar exhausta hasta la desesperación, con ganas de gritar hasta quedarte vacía. Hasta que se vaya ese miedo insensato.

Así estás, hasta que una voz chillona y conocida te rescata de ese momento aterrador con un …

  • Má. Haceme una con mucho dulce – .
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