Europa

El despertador sonó de acuerdo a lo programado. La primera en levantarse fue Ana. Siempre quiere entrar antes que yo al baño. Dice que cuando yo voy, todo queda hecho un chiquero. Mientras ella se daba una ducha,  prendí las hornallas de la cocina. El invierno estaba empezando a mostrar sus garras. Saqué cuatro tazas de la alacena, el edulcorante, dos saquitos de té y el cacao para los chicos.

Prendí la radio justo cuando decían la temperatura. Nueve grados. Viento del sud – sud este a 29 kilómetros por hora. Eso significaba mucho frío en esta zona. Por lo demás todo estaba tranquilo. Las rutas despejadas y el camino al aeropuerto sin embotellamientos. Es la ventaja de viajar fuera de temporada. Veníamos programando el viaje hace meses. Las veces que discutimos el destino… Ana quería volver a Brasil. Por suerte pude convencerla que no era la mejor opción a esta altura del año. Para qué íbamos a ir a un lugar con tanta playa si a esta altura del año el agua está fría. Entendió. Creo que imaginarse a los chicos aburridos sin poder entrar al agua la terminó de convencer. Dos pre adolescentes aburridos pueden ser un amargo castigo.

Ana salió del baño secándose la cabeza mientras empezaba la serie de llamados para que Nito y Chela se levanten a desayunar. Ya se habían bañado antes de acostarse para no perder tanto tiempo y poder dormir una horita más. No necesitó insistir demasiado. La excitación del viaje los sacó de la cama en un minuto. Se vistieron sin chistar y se pusieron la ropa que Ana les separó sin una queja. Si fuese así cada día que se levantan para ir a la escuela…

Cuando Ana volvió a la cocina ya estaban listas las cuatro tazas humeantes y el olor a tostadas invadía el aire. Estábamos todos animados con el viaje. Nito ya se había puesto la gorra de Boca con la que pensaba viajar. Con un gesto le pedí a Ana que lo deje desayunar con la gorra puesta. Después de todo ya estábamos de vacaciones. Chela preguntaba todo. Cómo era el lugar, si había pileta en el hotel, si la íbamos a dejar andar a caballo sola, que ya era grande. Ana contestaba todo sin dejar de repasar la lista de cosas que tenía que llevar en el bolso de mano.

Junto a la puerta descansaban las cuatro valijas y los dos bolsos. Lavé las tazas y empecé a llevar todo a la camioneta. Por suerte entró todo en la caja sin problema. Le pasé un trapo al parabrisas y limpié los espejos con cuidado. Los dos estaban resquebrajados. Fui al baño antes de salir y les recomendé a todos que hagan lo mismo. Una última mirada antes de cerrar la puerta y subir a la chata.

La ruta al aeropuerto estaba casi vacía. Poco movimiento para un lado y para el otro. Mejor, pensé. Es más seguro. Los chicos atrás ya se habían puesto los cinturones de seguridad y jugaban a contar los autos que pasaban. Como casi no pasaban autos cambiaron el juego por otro. Ahora se entretenían con las formas de las nubes. Tenían que descubrir donde estaba el perro, el árbol, el oso, la tortuga. Eso generaba discusiones de interpretación que Ana terminaba con un arbitraje que no admitía reclamos.

La radio nos aseguraba un día de buen tiempo. Ana me miró y me sonrió con esa sonrisa tan suya que me transmitía tanta seguridad. Tanto amor. Mientras volvía la vista al camino, puso su mano izquierda sobre mi pierna y ahí la dejó, calentita, hasta que llegamos al aeropuerto. Los chicos saltaban de emoción y gritaban mientras señalaban a los aviones estacionados en la pista.

Bajamos las cosas y cada uno con su valija nos encaminamos a la puerta corrediza que pareció recibirnos con alegría, como reconociéndonos. Chela inmediatamente pidió ir al baño. Allá fueron tomadas de la mano madre e hija. Las miraba ir así, tan juntas y hablando animadamente que no pude evitar que se me llenaran los ojos con lágrimas de emoción. Nito en cambio salió disparado al kiosko de revistas y se quedó un rato mirando el escaparate. Lo asombraba la cantidad de revistas que había. Volvió corriendo para preguntarme si podía comprarse una. Como toda respuesta puse un billete en su mano y otra vez corría en sentido inverso.

Cuando volvieron las mujeres buscamos un mesa grande en la confitería para tomar algo. Ya lo sabía de memoria. Dos gaseosas, un triple de jamón y queso, dos cortados en jarrito y tres medialunas. Mientras el mozo preparaba el pedido, Ana aprovechó para contarme un asunto de su trabajo. Siempre tenía alguna anécdota con sus compañeros de oficina. Y yo la escuchaba atentamente preguntándole hasta el más mínimo detalle.

Estuvimos en eso hasta que Nito pidió que lo dejáramos salir a recorrer el aeropuerto. Ana se encargó de las recomendaciones. Mirar bien donde estábamos papá y mamá para poder volver. No salir a la calle ni a zona de pista por ningún motivo. No hablar con nadie y volver de inmediato o buscar a algún policía si alguien lo tocaba o quería llevarlo a algún lado. Madraza.

Chela también salió a caminar pero no se alejaba de nosotros. Daba vueltas entre las mesas y conversaba con algunos otros chicos que también esperaban como nosotros. Así pasaba el tiempo. Yo leí todos los diarios que encontré sobre las mesas y Ana jugaba con el teléfono, hasta que algún ruido le hacía levantar la cabeza y recorrer con la mirada buscando la silueta de sus hijos.

Pasó el tiempo y se hizo la hora de almorzar. Los sándwiches de pollo que hace Ana son espectaculares. Cargaditos, gorditos. Con la cantidad exacta de mayonesa ara que no se desbaraten en la mordida. El termo con jugo se vació rápidamente y pedimos un par de gaseosas al mozo que no se atrevió a decir nada de nuestro festín. Al contrario, parecía disfrutarlo. Ana repartió las frutas minuciosamente. Banana para Nito, manzana cortada para Chela y un racimo grande de uvas para nosotros dos. Riquísimas.

Otra vez todos al baño. En el camino Chela eligió un perrito de peluche vestido con un jardinero verde. Muy simpático. Se acercaba el momento de la partida. Todos lo sentíamos en el aire. Ana como siempre, fue la que puso órden y dio la voz de alerta: – Vamos chicos. Ya tenemos que irnos – Y también, como siempre, su palabra no admitía la menor duda.

Cada uno agarró su valija, su revista, su perrito de peluche y encaramos para la puerta. Ana me dio la mano y me la apretó fuerte. No me la soltó hasta que llegamos al auto. Apoyó la valija en el piso y mientras me agarraba la cara con fuerza me dio un beso y en sus ojos ví su determinación y la mía. Me sostuvo con ese simple gesto.

Aguanté como pude el nudo en la garganta que parecía a punto de explotar. Cargué todo en la caja mientras escuchaba como los tres empezaban a cantar un tema de Los Redondos. Subí a la camioneta, me puse el cinturón de seguridad y arranqué despacito hasta la ruta. La mano de Ana sobre mi pierna y su mirada en mis ojos como dándome respiración boca a boca.

Mientras me limpiaba las lágrimas con un rápido movimiento, Nito, con una mano en mi hombro me dice: Pá, la próxima a Europa, eh…

  • Sí, hijo. La próxima a Europa –
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