Con cariño…

Debería existir una ley, una norma. Un decreto especialísimo que no permita que nadie regale un libro sin firmarlo ni dedicarlo. Para los más remisos  una firma bastaría para rubricar el profundo acto de regalar un libro que no es ni más ni menos que una módica manera de regalar una esperanza. Porque los libros llevan implícitos (y explícitos) innumerables mundos que contienen otras tantas esperanzas.

El libro espera ansioso al alma que lo lea para regalarle un mensaje que oculto, late en sus palabras con un dejo de ansiedad, propia de aquello que se sabe portador de algo valioso. Y ese valor se completa con la mirada y la atención del lector.

Sin embargo cuando un libro está dedicado adquiere una cualidad aún mayor. Esa cualidad está ligada al hecho de compartir. Nunca más se romperá esa ligazón. Un libro dedicado estará irremediablemente condenado a ser leído de a dos. Cada vez que sea abierto será refundada esa unión entre el lector y el que figura en esa primera o segunda página como un mentor intelectual por un lado, y por el otro como un acompañante perpetuo en un viaje tan excepcional y asombroso como es la lectura de un texto que se dispone a abrir las puertas de la emoción en todos sus sabores. La alegría, la tristeza, el estupor, la indignación, la sorpresa, la melancolía o el dolor. El conocimiento. Todo ese universo se recorrerá entonces de la mano de aquel que tuvo el atrevimiento venturoso de regalar ESE libro. A partir de entonces se produce ese mágico encuentro virtual que une a dos personas a través de la lectura de un libro obsequiado.

Será entonces un viaje compartido con un final anunciado. La palabra Fin. Será posible entonces percibir al otro en cualquier lado en que el libro sea abierto. Sea en el subte, la fila para pagar el teléfono, la cómoda y calentita cama en una noche de invierno. En todos esos momentos podrá ser percibida la presencia cómplice de esa firma o esa dedicatoria. Será una compañía inevitable y concreta. Una manera de compartir ideas y sensaciones que de otra manera se perderían en el ocaso de la soledad de un cuarto impersonalmente solitario en mitad de la noche.

No me resulta casual entonces que revolviendo libros me detenga en ejemplares que no me interesan por su contenido pero que llevan dedicatorias amorosas. Muchas veces me siento tentado de llevármelos a mi casa y darles un justo refugio en la biblioteca. Trato de imaginarme el momento en que alguien se entretuvo eligiéndolo. Y cuando después en la tranquilidad de su casa se dispuso a dedicarlo, probablemente haciendo varias pruebas en un papel ajeno al libro para después, satisfecho con el resultado volcarlo a la blanca planicie de esa página de inicio que lo espera ansiosa. O tal vez no. De un tirón alguien se animó a escribir sin dudar, con letra nerviosa y cargada de sentimientos una dedicatoria pletórica de emoción y buenos deseos. Y mi mente vuela subida a mi imaginación intentando darle forma a un rostro perfectamente desconocido pero curiosamente entrañable. Un alguien, un otro que despierta la sensación de un ser valioso. Alguien que tuvo la decisión, el valor, el tiempo, las ganas, la emoción de regalar un mundo entero envuelto en papel para regalo para que, cuando ese papel floreado o plateado sea rasgado con avidez y ansiedad, desparramar a su alrededor toda su carga de promesas.

Sin embargo, cuando llega a mis manos un libro usado que no tiene dedicatoria siento que algo se ha perdido. Y me gustaría borrar de su última página la palabra FIN. Es que ese libro ha sido condenado. Como esos perritos abandonados que esperan desde sus jaulas que alguien los adopte para empezar a ser.

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