La Costumbre

  • Y… viste como es… ¿ qué vamos a hacer ?
  • Es lo que me tocó. La verdad es que tampoco es tan terrible.
  • Y bueno… todo no se puede…
  • Y… para vos es fácil, pero para mí no…
  • Habrá que resignarse y aguantar…
  • Debe ser así, nomás…
  • Y… viste como es ella/él… no va a cambiar nunca.
  • Y bueno. Siempre fué igual.

La aceptación incondicional de sucesos que rodean a nuestra existencia, suele tener una connotación ligeramente ligada al azar, al karma, a la buena o mala fortuna, a las circunstancias. Cualquiera sea la razón, lo que está claro es que las cosas pasan. Sin embargo, lo que las frases que aparecen más arriba dicen, no hablan precisamente de esas cosas. Hablan de lo que “decidimos hacer” con esas cosas. De la manera en que vamos a oponer resistencia a aquello que en principio aparece como no deseado.

Una de las opciones mas repetidas es el Acostumbramiento. En sus formas más diversas. Acostumbrarse al maltrato. Acostumbrarse a no obtener lo que se merece. Acostumbrarse a sufrir. Acostumbrarse a perder. Las personas llegan a acostumbrarse al dolor físico. Son muy diversas las razones por las cuales se da este comportamiento, pero hay individuos que se someten al martirio del dolor físico, por ejemplo, durante años. Un dolor de rodilla o de cintura. Una jaqueca constante que aparece en algún momento del día y se va a dormir con ellos. Al principio han tratado de luchar contra ese dolor con medicamentos, terapias varias, tratamientos. Y en un momento abandonan la lucha. Y si bien no se resignan, porque se siguen quejando, aparece la figura del acostumbramiento. Les duele pero ese dolor ha pasado a formar parte de su vida. Ese dolor los acompaña dondequiera que vayan, hagan lo que hagan. Estén donde estén. Y en esa condición a menudo pasan años. Años aguantando ese dolor persistente que los saluda cada mañana al despertarse como un compañero de vida. Y se acostumbran a eso.

Como aquellos que viven al costado de las vías del tren, que con el tiempo dejan de escuchar el paso del tren o de sentir la vibración del piso. Se acostumbran. Es parte de su cotidianeidad. Parecen no notarlo. Pero el ruido y la vibración están. Siguen allí.

Lo mismo sucede con algunos procesos dolorosos que no son físicos. Antes hablamos del maltrato. O de la humillación. También aparece la Culpa, que durante años y años provoca un dolor sordo y persistente que invade cada acto de la vida de las personas. La costumbre de soportar situaciones que hacen sufrir es muy común. Y muchos lo confunden con resignación. Otros con el tan mal llamado Karma. Otros lo atribuyen al destino y los más osados a malas decisiones anteriores. Y así van. Con esa Costumbre que los acompaña a todos lados y que en cada situación inocula esa dosis casi imperceptible de desazón, de angustia, de tristeza. Esa que corta la respiración sin razón aparente y nos borra cualquier sonrisa que haya querido instalarse en nuestros labios, para decirnos: “eh, acá estoy. No tanta risa”

En el consultorio es posible descubrir rápidamente estas situaciones. Cualquiera sea el discurso de las primeras entrevistas aparecerá la Costumbre para señalarnos un camino posible de acompañamiento y aprendizaje.

La Costumbre es hija dilecta de lo que en algún momento se dio en llamar “Falsa Zona de Confort”. El gran desafío consiste en desactivar el mecanismo del miedo que usualmente es el principal catalizador de esa Costumbre tan dañina.

Para obtener resultados a mediano plazo no hay secretos. Tampoco recetas. Es aprendizaje y decisión. Y creer que siempre es posible una vida un poco mejor que la que tenemos en el presente. Pero tenemos que aprender a desearla fervorosamente.

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