Dale. Te creo.

En la década del setenta, empezaron a ponerse de moda los llamados “libros de autoayuda”  tanto que algunos alcanzaban rápidamente el título de best seller (mejor/más vendido). Entre los muchos ejemplos hubo uno que, aunque publicado en 1964, llegó al tope de ventas y se hizo mundialmente conocido. Su título “Juegos en que participamos” de Eric Berne.

En este libro, Berne pone a la discusión una serie de maniobras que se dan en las relaciones interpersonales, tanto individuales como grupales. Sin entrar a hacer un análisis general de las teorías de Berne, sí me interesa como introducción al texto que quiero poner a su consideración. Básicamente, se postula que en las relaciones interpersonales, se aceptan tácitamente algunas convenciones entre las partes, siendo estas las que sirven como basamento de la dinámica del vínculo. Dicho de otra manera, son formas aceptadas por las partes para justificar acciones, conductas, modos, situaciones.

Según Berne, hay una relación directa con los “Mandatos familiares” y estos juegos pasan de generación en generación, siendo interesante observar que las personas eligen para interactuar, a otros que como ellos, tienden a jugar el mismo juego. Algunos ejemplos:

  • El Juego del alcohólico
  • El juego del deudor
  • El juego “te agarré desgraciado”
  • El juego “Mirá lo que me hiciste hacer…”
  • El juego de la Mujer Abrumada.
  • El Juego de la Mujer Frígida
  • El juego “Solo quería ayudarte…”
  • El juego “lo hice pensando que iba a gustarte…”

Creo que si leemos con atención los nombres de los juegos, cualquiera de nosotros puede vislumbrar de qué viene la cosa. De qué se trata. Si bien es cierto que Berne admite que hay juegos Constructivos y juegos Destructivos, acá solo nos remitiremos a los Destructivos. A los que nos hacen mal. A aquellos que no nos permiten desarrollarnos y progresar en la búsqueda de la construcción de una vida equilibrada y satisfactoria.

En esta oportunidad, me gustaría agregar un juego que he detectado en la consulta y que no tiene diferencias entre géneros, edades, estratos sociales, económicos ni religiosos. Este juego, que aparece, repartido en los anteriormente mencionados, suele mostrarse como un claro obstáculo a la hora de intentar un cambio en las conductas de las personas. El juego lo llamaremos “Dale. Te creo”

  • Sí. Estuve mal. Otra vez estuve mal. Pero no lo voy a hacer más –
  • Dale. Te creo.
  • Sé que te defraudé otra vez. Pero entendí y voy a cambiar –
  • Dale. Te creo.
  • Estoy triste y arrepentida por lo que hice –
  • Dale. Te creo.
  • Tenés razón. Ahora puedo verlo. Gracias –
  • Dale. Te creo.
  • No me dí cuenta que eso te hacía mal. Perdoname –
  • Dale. Te creo.
  • Me duele haberte hecho eso. Creeme –
  • Dale. Te creo.
  • No sabía que eso te molestaba –
  • Dale. Te creo.

La cantidad de ejemplos puede ser casi infinita. De todo tipo. Cada uno de nosotros tiene que revisar sus “Dale. Te creo” Seguro que va a encontrar alguno que sobresale del resto. Uno que se repite y le hace daño periódicamente. Pueden pasar años accionando. Incluso toda una vida. Y siguen ahí. La interacción es posible cuando alguien decide Creer y la otra decide Creer que el otro cree. Cuando digo decide creer, me meto de lleno en la problemática y la dificultad del tema. Puede observarse que si en este juego, participa un manipulador, la combinación es muy peligrosa. Pero vayamos por partes. Cuando algún Consultante me relata alguna situación donde aparece claramente el “Dale. Te creo” suelo preguntarle si esa situación ya se ha producido con anterioridad. Obviamente que la respuesta es “Sí, pero…” El “Sí, pero…” es constitutivo de este juego. Porque el “Sí, pero…” permite acomodar las fichas para seguir jugando y le da legitimidad al juego. Cuando digo una de las partes Decide Creer estoy diciendo que en realidad no cree, pero necesita creer. Elige creer como mecanismo de defensa. Porque está atrapado en una situación en la que no ve la salida y acepta jugar el juego como única manera de sostener el statu quo conocido y evitar así una situación que por desconocida, por nueva, le da miedo.

La tarea del Consultor en este caso, es que el Consultante escuche sus “Si. Pero…” y sus “Dale. Te creo” y ofrecer la posibilidad de una autoevaluación de sus posibilidades de resolución, aún aquellas que lo atemorizan, que lo paralizan. Acompañarlo en ese proceso de desarrollo personal, es darle un espacio sólido y seguro, para que pueda escapar del círculo vicioso de un juego tan común y tan dañino.

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