Cadenas Perpetuas. Condenas Perpetuas.

La Perpetuidad tiene el inconveniente de ser lo opuesto al crecimiento. Al desarrollo. Perpetuidad significa “para siempre”  Esto quiere decir que algo a Perpetuidad es ese algo, de la misma manera y para siempre.

En las relaciones humanas, es claro que no podemos aspirar a sostener un vínculo “a Perpetuidad” por las mismas razones que nosotros mismos no somos seres perpetuos. Muy por el contrario, tendemos a realizar cambios a lo largo de toda la vida. Cambios que pueden ser desde orgánicos, físicos, hasta aquellos más vinculados con lo mental, lo espiritual, lo emocional. Nos desarrollamos y en ese desarrollo podremos encontrar un pasaje al crecimiento. Ese crecimiento tampoco es perpetuo, habida cuenta de nuestra finitud. Lo único que permanece constante, es el cambio.

En definitiva, la palabra Perpetuidad en las relaciones humanas no tiene razón de ser. Es por eso que el PARA SIEMPRE y el NUNCA son tan difíciles de encuadrar en estas relaciones. Apenas si pueden ser esbozados como un deseo. Una intención. Podemos desear ser felices SIEMPRE, pero desde el arranque sabemos que esa felicidad será intermitente y que depende de nosotros la calidad de esa intermitencia que podrá acercarnos más o menos a la ilusión de nuestro deseo de Perpetuidad. En el caso opuesto, cuando el deseo es un deseo negativo o una posición de castigo hacia otra persona, se cumple la misma premisa. No existe la posibilidad de castigar a Perpetuidad. Porque ambos, el “castigador” y el “castigado” van cambiando a lo largo de la duración de ese castigo, hasta llegar al momento en que pierde vigencia la posición original de uno o de ambos y debe reformularle, resolverse la relación en un sentido o en otro pero no en el mismo. No puede ni debe perpetuarse en un vínculo personal un sentimiento negativo. Ahí anidarán los pases de factura permanentes, los sentimientos de culpa, los condicionamientos actitudinales, las inseguridades y la frustración

Los ejemplos más comunes son las reacciones frente a una infidelidad, una falta de respeto, una desconsideración y hasta una frustración o decepción profundas. No es sana una condena a Perpetuidad. Para ninguna de las partes. El que condena a Perpetuidad tiene el trabajo adicional en su vida, de poner energía en la actualización y visualización permanente del origen de tal condena. No resuelve. Vive repitiendo en su cabeza algo que debe ocupar cada vez menos espacio. Resolverlo es tomar una decisión que implica un corte. Lo opuesto a la Perpetuidad. El Condenado, por su parte, tiene la obligación permanente de mostrar su buena conducta en todo momento, dejando poco espacio para la espontaneidad, para el crecimiento. Ambos viven con la Espada de Damocles sobre la cabeza. No se puede sostener un vínculo entre personas, cuando ambos están condenados a cadena perpetua. Alguno de los dos deberá cortar ese círculo vicioso de culpas y obligaciones. A veces es más sencillo y a menudo muy complejo. La tarea del Consultor como siempre es la misma. Acompañar ese proceso de desarrollo mostrando y promocionando las herramientas propias que el Consultante guarda en algún rincón de su caja de aptitudes.

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