Ni felices, ni perdices.

Se encontraron porque se buscaron. Se pasaron el uno al otro las dudas y las pusieron en consideración. Dejaron que el tiempo se encargara de acomodar las emociones y tomaron algunos recaudos para no repetir historias. Se acurrucaron uno al lado del otro, con los ojos abiertos como cachorros asustados por la tormenta; todavía inseguros, inquietos y a la espera de cualquier suceso que oliese a pasado.
 
Ahí pasaron algún tiempo. Sin demasiadas penas, con mucha ilusión y varias horas de insomnio. Con cuidado fueron acomodando sus mundos y sus horarios. Sus gustos y disgustos. De cuando en cuando el chispazo encendía el fuego del conflicto y eran largas esas noches sin remedio.
 
Así pasaron algún tiempo. Se animaron a ir cada día un poco más lejos y a concebir proyectos más allá de las veinticuatro horas. Conocieron sus mundos, compartieron las miradas, pusieron todo sobre la mesa en repentinos ataques de valentía y rebelión. Se sintieron invencibles, afortunados, locos, predestinados. Se abrazaron hondamente cada noche, antes de cerrar los ojos sin miedo.
 
Así pasaron algún tiempo. Una mañana, se levantaron y empezaron a sentir un cambio. Sutil. Como una tela fina y transparente que los abarcaba. Miraban curiosos a través de ella y se mostraban consternados. Parecía que nada había cambiado pero la tela lo cambiaba todo, casi imperceptible pero totalmente. Empezaron a acostarse y quedarse con los ojos abiertos un rato largo. Hasta que el sueño o la duda los vencía.
 
Así pasaron algún tiempo. La tela cada día se hacía más espesa. Cada vez costaba más establecer contacto con la realidad. Y empezaron a sentirse incómodos algunas veces, tristes otras y enojados muchas. Ya no se decían las mismas cosas y se gritaban otras nuevas. El nuevo mundo se hizo insoportable y de vez en cuando levantaban la tela, ya totalmente opaca para ver hacia afuera.
 
Así pasaron algún tiempo. Las cosas no marchaban. La frustración los volvía hostiles y apilaban sus rencores en un rincón del living. A veces se encontraban en algún lugar de la casa y se saludaban como dos extraños que se han visto alguna vez, pero no recuerdan cuándo ni dónde.
 
Así pasaron algún tiempo. Hasta que uno se paró frente al otro y señalando la pila de sarcasmos, ironías, discusiones y desilusiones, preguntó:
– Creés que podés construir algo con eso? –
El otro pensó un rato que pareció interminable, hasta que por fin contestó con un suspiro,
– Sí. Un muro – dio media vuelta y se fué caminando despacio.
 
Así pasaron un tiempo. Uno tratando de escalar el muro. El otro escuchando como alguien caía, resbalaba y se lastimaba del otro lado. Pasaban los días y los meses. Los intentos de un lado se hacían cada vez menos frecuentes. A veces pasaban semanas sin que se escucharan ruidos o maldiciones envueltas en un llanto suave. Finalmente, hubo un momento en que todo movimiento cesó por completo. No se escuchaba nada. De un lado y del otro la tela había desaparecido. Una mañana, un sonido de pasos alejándose rompió el tedio. Desde ese día, es común ver una figura arrodillada muy pegadita al muro, quieta como en oración y con la oreja firmemente apoyada contra los ladrillos. Así, pasa las horas intentando escuchar. Alguien.
 
JCV
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Algunas historias de amor, a veces no terminan de la mejor manera. Pero eso no debe ser la excusa para decir que EL AMOR es el problema. Si somos capaces de aprender algo de lo que nos dice la experiencia, podemos salir mejor preparados para la próxima vez. Porque siempre, pero siempre, hay una próxima vez.
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