Atreverse a lo incómodo

Es bastante común encontrar en algún punto de la anamnesis de un consultante, alguna referencia a deseos no cumplidos. A frustraciones que se arrastran a lo largo de la vida como rémora que se niega a desprenderse, y dejar de recordar con su presencia, cuestiones que a veces es mejor olvidar, otras resolver y otras sencillamente enfrentar para colocarlas en el lugar que corresponde.

Así, escucho frases tales como:

– Me hubiese gustado ser croupier de un casino importante –

– De chico soñaba con ser marinero. Estuve a punto…

– Nada me gusta más que la música. Me hubiese gustado estudiar piano o guitarra …

– Siempre tuve inclinación por el deporte. Me encantaba correr. Era bueno en eso, pero…

– Viajar. Conocer el mundo. Me hubiese gustado tener algún trabajo que me permitiese hacerlo…

Así, puedo seguir con cientos de frases más. Todas reflejan la frustración o la decepción de no haber podido llevar a cabo tareas o deseos muy fuertes. Por las razones que fuese. Algunas más complejas que otras pero con un hilo conductor. O mejor dicho dos.

El primero y el más común es el MIEDO. Un sentimiento que suele acompañar estas frustraciones, a veces toda la vida. El miedo a no poder, el miedo a no estar preparado, el miedo al qué dirán, el miedo a no cumplir las expectativas de los padres, el miedo a ser no aceptado.

El segundo patrón, fácilmente reconocible es la ausencia de estímulo real y genuino, sostenido en el tiempo por parte de los padres. Cuando digo GENUINO, me refiero a ese apoyo incondicional, que usualmente se da en las elecciones convencionales de nuestros hijos. Cuando ese hijo decide ser médico, o abogado o arquitecto, nos sentimos orgullosos y hacemos lo imposible por hacerles fácil el camino. Trabajamos horas extras, nos privamos de algunas cosas, no dejamos que haga nada que lo distraiga de su memorable y distinguida tarea. ESTUDIAR. Mejor aún “IR A LA FACULTAD” Con todo lo que eso significa. Se nos llena la boca cuando decimos: “La nena hoy se levantó temprano porque tenía que ir a cursar a La Facultad”

Sin embargo, cuando alguno de nuestros hijos intenta seguir un camino menos convencional, una luz de alarma se enciende en nuestro interior y nos ponemos en modo “tengo que ayudarlo a que recupere la cordura” Es así que se nos contraen los músculos de la cara cuando nos informan que quieren hacer un curso de Sommelier. O que están interesados en la vida circense. Específicamente Acrobacia con telas. Suspiramos y allá vamos. Les decimos: ¡Qué lindo hijo! Me encanta. Y… ¿cómo vas a hacer con LA FACULTAD? Y ahí caemos en la cuenta. No hay más FACULTAD. Se terminó. Solo Acrobacia con telas. Circo. Itinerancia y shows callejeros por monedas. Tsunami. Fin del mundo. Mirada perdida.

Si hubiese sencillamente cambiado de carrera, por ejemplo, de Derecho a Economía, no tardaríamos mucho en reaccionar y proponerle que el fin de semana vayamos juntos a vender los libros de Derecho y comprar, usados los de Economía. Para no perder tanto tiempo. Para que no sufra tanto las consecuencias de ese cambio inexplicable (para nosotros).

En cambio, si deja Derecho para especializarse en artes circenses, especialmente Acrobacia en tela y Malabarismo en Monociclo, ponemos un pié a tierra y pedimos minuto como en el básquet. Necesitamos pensar. Tranquilos, vamos a poder arreglar este asunto. Al borde de la hiperventilación, preguntamos con voz queda: – ¿Y… dónde se estudia eso? Una vez satisfecho ese interrogante, vamos por el segundo: ¿Y…qué vas a hacer? Lo que queremos saber es cómo se va a mantener económicamente, cómo va a independizarse, como va a sostener una relación que lo lleve al matrimonio y como va a mantener a su esposa y después a sus hijos, y la casa, y el auto, y las vacaciones, y las facturas de servicios, y las tarjetas de crédito para tener una vida responsable.

No salimos a comprar tela, ni monociclo, ni lo acompañamos a anotarse ni le damos el dinero para la primera cuota. Lo que queremos saber es como se las va a arreglar para desarrollar su vida con una profesión tan difícil como la que el que eligió. Muy por el contrario, le decimos que lo apoyamos y que nos alegra su decisión. Pero que debe pensar en encontrar un trabajo y pagarse su aventura circense y que el auto no sale del garaje si no tiene para la nafta, etc. etc. Es decir que paradójicamente, les hacemos más dificultoso el camino que eligieron y que nosotros sabemos que es más arduo. Increíble ¿no?

Ese, NO es un estímulo genuino. Es un estímulo condicionado. Le ponemos reglas, normas, maneras, horarios. Es decir que hacemos con ellos lo mismo que tal vez hayamos vivido nosotros. Eso que padecimos siendo niños o jóvenes, lo repetimos ahora que somos grandes y que tenemos la oportunidad de enmendar, a través de nuestros hijos. Somos obstaculizadores. Y de los bravos.

Sería de mucha utilidad y una muestra de nuestro propio desarrollo, vivir esas circunstancias de una manera diferente. Comportarnos como si efectivamente nos interesase el recorrido de nuestros hijos. Sus elecciones. Y estimularlos. Ayudarlos. Sostenerlos. Acompañarlos. Estar ahí para que las caídas de la tela o el monociclo sean menos dolorosas. Para alentar, Para festejar. Además, tal vez así podamos aprender algo nuevo. Como por ejemplo que nunca es tarde para aprender un idioma, para jugar bien al ajedrez o encarar una carrera universitaria, aunque las canas nos delaten.

Para terminar, sería muy interesante, que el día del nacimiento de ese futuro revolucionario, en la misma habitación llena de abuelas, globos, osos de peluche y ramos de flores, haya un tatuador, a cargo de la obra social o la prepaga, que imprima a los flamantes padres, en un lugar cómodo y visible, la siguiente frase latina:

Alis uolat propiis

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