Una mañana

Dobló la hoja de papel sin mirarla. Sus ojos se perdían en el abismo de la ventana de la cocina. Un paisaje interminable que se desarrollaba sin que ella interviniese en absoluto. Con un pestañeo volvió a estar parada frente a la mesa preparada del desayuno. Como todos los días desde hacía ya incontables años. Pensó en ese momento que tanto le preocupaba como algo que debía ocurrir inevitablemente.  Lo puso fuera de sí. Como el paisaje a través de la ventana. Mientras palpaba la hoja de papel doblada que se humedecía con su mano nerviosa, repasó mentalmente las palabras que esperaban ansiosas el momento de salir de su encierro y darle curso al resto de su vida. Repitió mentalmente el contenido de la carta en el mismo momento que saltaban con un ruido que le pareció ensordecedor, las cuatro rodajas de pan que ya asomaban con su color tostado. Con su aroma humeante y dulzón. Sorprendida por la sensación de saber que era la última vez que escucharía ese sonido, no se dio cuenta que Víctor entraba a la cocina, silbando como cada mañana y estampándole un beso cerca de la comisura de los labios que la descolocó un poco. Inconscientemente palpó el bolsillo y la carta seguía allí. Al acecho.

– ¿Sabés que ayer me encontré con Juan en la fila del banco? –peguntó Víctor mientras corría el diario a un costado sin intención de leerlo.

– No me dijiste nada. ¿Cómo anda? Hace bastante que no lo veo por el barrio –sirvió la taza de café hasta la mitad. Sin esperar que él diera su aprobación, la completó con leche y se sentó a la mesa.

– Yo le dije lo mismo. Y me dejó helado. Se murió la mujer hace un par de meses. Te juro que no sabía que decirle. Está más flaco, algo descuidado. Se le cae la tristeza por todos lados. Lo invité a tomar un café en la estación de servicio. Se nota que tenía ganas de hablar con alguien porque no dudó. Me dijo que sí enseguida.

-Mirá vos. Pero era joven Laura. No llegaba a los cincuenta. La hija tiene un nene de seis o siete años. Qué barbaridad. Me imagino cómo debe estar ese hombre…-lo dijo mirando la tostada pero sin verla.

– No quise preguntar mucho por el tema médico, pero creo que fue bastante fulminante. Estuvo internada como dos meses. Como el hospital estaba cerca de la casa de la madre de ella, Juan se quedó a vivir ahí para evitarse el viaje de todos los días. Por eso no lo vimos más –Víctor mordió la tostada, que se desmigajó sobre el café con leche.

-Pobre tipo. Me imagino cómo estará…

-No te imaginás. No para de llorar todo el tiempo. Al principio me sentí incómodo, pero él parecía necesitar estar con alguien en ese momento. Y yo también estaba conmovido. No te olvides que a Laura la conozco de jovencita. Me contó un montón de cosas que extrañaba de ella. No paraba de hablar. Me contó como la conoció. Como le pidió que sea su novia. Y el pedido de casamiento. Los hijos, los viajes, el negocio, el nieto. Creo que habló una hora y media sin parar. Por suerte, porque yo no sabía bien que decirle. Me imagino. Un momento de mierda… Mirá. Obviamente que no era un momento cómodo. Pero los recuerdos de Juan y las cosas que me iba contando de Laura y de su vida juntos me emocionaban. Te digo que era más la nostalgia que el dolor. Por lo menos a mí me pegó por ese lado. ¿Viste que anoche me fui a dormir temprano? Es que me dejó pensando ¿Pensando en qué? ¿Cómo darle una mano? Me dijo que se va a vivir cerca de la hija. Así tiene más tiempo para estar con el nieto y de paso le da una mano con el negocio. Me dejó pensando en todo lo que me contó pero sobre todo en lo que más le pesaba de la muerte de Laura –hizo una pausa apurando el último trago de café con leche.¿Qué cosa?

-Todas las cosas que habían vivido y compartido juntos y que él sentía que no se había dado cuenta hasta ese momento. Y entonces pensé en nosotros. En la cantidad de años que hace que estamos juntos y la cantidad de cosas que nos pasaron. Parece mentira. Uno se acostumbra a la presencia del otro y le parece tan natural que al abrir los ojos al despertarse el otro esté ahí para recibirlo. A mí me pasa. Un segundo antes de abrir los ojos sé perfectamente que vas a estar ahí. Y eso me reconforta. Y después te escucho en la cocina con esos ruidos que ya me sé de memoria. La puerta de la heladera. La cafetera. La tostadora. La silla que corrés para que cuando llegue ya esté lista para recibirme. Y después los aromas. Huelo el café, las tostadas, tu almohada, el dentífrico. Todas esas pequeñas señales que me hacen despabilar en un ambiente conocido, seguro. Y después voy a la cocina y te doy un beso y te siento la piel. Y finalmente, completo los cinco sentidos al morder la tostada con queso y mermelada con la cantidad justa. Eso es. Me despierto y te percibo con los cinco sentidos. No me imagino la mañana sin ese entorno. ¿Entendés lo que te digo? –

-Más o menos. Creo que estás diciendo que conocés la rutina y que ya nada te sorprende. Por lo menos a la mañana apenas abrís los ojos…

-Puede ser. Pero hay algo más. Después de hablar con Juan me dí cuenta de la importancia de esa sensación. Me dí cuenta que me da seguridad. Que me prepara para lo que pueda venir el resto del día. Lo importante que es para mí saber que estás acá, cerca. Que me conocés y que te conozco. Pero no solo es eso. Además estuve pensando y recordando la enorme cantidad de cosas que compartimos. Los viajes que hicimos. Las anécdotas que contamos son en su mayoría compartidas. Es muy impresionante. Las cosas no parecen habernos pasado a vos o a mí. Nos pasan siempre a los dos a la vez. Anoche me reía solo, antes de dormirme. Me acordaba de algunas cosas que nos pasaron hace una pila de años. Como la vez que bajamos a desayunar durante las vacaciones y cuando pasamos frente a un espejo nos dimos cuenta que teníamos los pijamas puestos. Saliste corriendo y subiste cuatro pisos por la escalera en tiempo récord. Después no querías bajar ¿Te acordás?

-Pasé una vergüenza…

-Y el día que nos quedamos dormidos y dejamos plantada a tu amiga en el Registro Civil y tuvo que improvisar dos testigos de apuro. Nunca le contamos la verdad. Seguimos sosteniendo que tuvimos que salir corriendo a la casa de tus padres porque internaban a tu madre de urgencia. Igual nunca nos perdonó del todo. ¿Te acordás?

-Y me acuerdo que al otro día fui a cambiar el vestido que me había comprado para la ceremonia por ropa para todos los días. Pero, ¿cómo te acordás de esas cosas?

-Es lo que te decía. Cuando lo escuché a Juan hablar tanto de su vida con Laura, tomé conciencia de lo mucho que pasamos juntos. De lo importante que sos para mí. Y de lo poco que te lo digo.

-No hace falta. Lo sé.

-Sí hace falta. Lo ví en los ojos vacíos de Juan. Me dí cuenta que le sobraban ahora que no podía ver a Laura. Y su nariz no olería su pelo. Sus manos no volverían a tocarla. Hace falta.

Pasaron horas recordando cosas. Se rieron de las payasadas que habían hecho juntos. No respetaban cronología alguna y saltaban de década en década y de atrás para adelante sin órden alguno. Tomaron más café y se quedaron callados en silencio. Mirándose. Ella sintió la presencia de la carta en su bolsillo como un recordatorio nefasto. La hizo un bollo entre sus dedos nerviosos. Quiso recordar su contenido y no pudo. Se sintió mareada. Víctor la miraba como si fuese la primera vez. Ella se levantó y le dijo que iba a ponerse algo más cómodo. Víctor en ese momento se dio cuenta que estaba vestida para salir, a diferencia de él que seguía con su salto de cama.

Ella subió a su habitación con la mano en el bolsillo y la respiración agitada. Tiró la carta hecha pedazos al inodoro e hizo correr el agua. Se aseguró de que no quedase un solo papelito. Con los ojos arrasados en lágrimas tanteó debajo de la cama y sacó dos bolsos que fueron a parar al fondo del placard y cubiertos por una montaña de ropa. Ya habría tiempo de desarmarlos. Tenía que volver rápido a la cocina. Quería volver a la cocina. Víctor la estaba esperando. Y parece que tenía muchas cosas para decirle.

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